MARIO G. SAEZ

Otros miedos…

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Ben Frost, la música del túnel…

ANATOMÍA DEL MIEDO. (J.A. Marina)

Un sujeto experimenta miedo cuando la presencia de un peligro le provoca un sentimiento desagradable, aversivo, inquieto, con activación del sistema nervioso autónomo, sensibilidad molesta en el sistema digestivo, respiratorio o cardiovascular, sentimiento de falta de control y puesta en práctica de alguno de los programas de afrontamiento: huida, lucha, inmovilidad, sumisión.

El sistema nervioso autónomo activado implica un estado de alerta, un sesgo de la atención hacia posibles amenazas, un enlentecimiento de las operaciones cognitivas –o al contrario, una agitación mental sin eficacia-, y un estado de tensión.

Las manifestaciones somáticas pueden ser palpitaciones, dificultad de respirar, perturbaciones gastrointestinales, temblores, falta de deseo sexual, insomnio, etc.

Podemos considerar miedos normales los que son adecuados a la gravedad del estímulo y no anulan la capacidad de control de respuesta. Hay un escalofrío atrayente. Un miedo patológico se corresponde con una alarma desmesurada, tanto en su activación como en su regulación.

La peligrosidad del objeto puede depender de la evaluación que hace el sujeto, y ésta puede estar equivocada. El nivel de miedo determina el nivel de peligro y al revés.

El miedo es una emoción individual pero contagiosa, o sea, social.

El poder se relaciona con la capacidad de atemorizar, por eso el miedo es utilizado en todas aquellas relaciones humanas en las que el afán de poder está presente, es decir, en casi todas.
La religión, la majestad y el honor descansan en el miedo.

Hay dos miedos que definen la era de la ansiedad en que vivimos:
Uno es le miedo de que, individual o colectivamente, estemos perdiendo el control de las fuerzas que gobiernan nuestras vidas.
El otro es el sentimiento de que, desde la familia y el vecindario hasta la nación, la fábrica moral de la comunidad se está desintegrando a nuestro alrededor.

El grupo es la defensa.

Para Spinoza el miedo es malo porque anula el poder creador del hombre, que es un poder que lleva al bien.

Parte de nuestra memoria de los miedos es indeleble. Se conserva en la amígdala, y no se borra con el tiempo. Podemos convertirnos en rehenes perpetuos de miedos sin huella consciente.

El hombre moderno ha recibido en herencia la propensión a sentir miedo ante situaciones que amenazaron la supervivencia de nuestros antepasados, por lo que vivimos atenazados por miedos antiguos.

“Hace poco me preguntaste por qué decía que te tenía miedo. Como de costumbre no supe qué contestarte, en parte, precisamente, por el miedo que me das, y en parte porque son demasiados los detalles que fundamentan ese miedo, muchos más de los que podría coordinar a medias mientras hablo. Su magnitud excede en mucho tanto mi memoria como mi entendimiento”.
Carta al padre, Kafka.

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